Somos esclavos, me
dije. Me lo repetí cien mil veces en cada uno de los días que me
despertaba y cada pedazo de nuestras rutinas me abocaba al vacío.
Enamorarse también consiste en lanzarse al peligro del hábito y la
esclavitud emocional. Y yo, iluso, solo me preocupaba de disfrazarme de
payaso para dibujar sonrisas en ti. Solo quería oler cada molécula de tu
cuerpo, rozar con mis manos tu piel para explotar tu capacidad de
sentir,
creer que el nosotros jamás
podría contra el devenir de nuestras vidas. Y, ahora, en solitud, me
queda el vacío de este amor que sigue ardiendo en este infierno de
promesas incumplidas, sueños rotos y esperanzas llenas de espejismos. Ya
lo sé, ahora ya no sé acostumbrarme de nuevo a los vagones apretados,
al miedo permanente en túneles, a los colapsos, a la oscuridad. Me
cuesta acercarme a la luz, a la gente y a las conversaciones entre
almas. Algunos miedos los adoptamos de adultos, por incapacidad, quizás,
de continuar siendo niños. Puede que ya me haya cansado del tránsito,
de la velocidad, del peligro de caer, del recuerdo de caer, de los
instantes en los que en mis ojos solo hay precipicio. Puede que me
apetezca saborearme a mí entre placer y placer.
Amar la vida es
amar el temblor, las alas rotas con las que llegamos a nuevas tierras
donde los inviernos son más amables y los veranos menos fugaces. Darnos
tiempo para sanar heridas. Amar también el deseo de curar. Andar desde
el que somos y no arrepentirse nunca de lo que nos ha hecho ser así.
Atrevernos a temblar porque amar es la experiencia más fuerte que
existe.
Dormir hasta que deje de doler. Sonreír a los
desconocidos, leer hasta que las palabras se te salgan por los ojos,
beber hasta que los recuerdos desfilen uno a uno delante de ti. Y te
rías de ellos. Guardar el corazón en la nevera. Congelarte por dentro.
Congelarlo todo.
Basta de
esclavitud. No dejes que ella acabe contigo. Eres más grande que la
tristeza. Más grande después del dolor. Más grande si te das la
oportunidad de vivir.
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