Páginas

jueves, 15 de enero de 2015

Deseo de que las palabras se queden mudas.

Somos esclavos, me dije. Me lo repetí cien mil veces en cada uno de los días que me despertaba y cada pedazo de nuestras rutinas me abocaba al vacío. Enamorarse también consiste en lanzarse al peligro del hábito y la esclavitud emocional. Y yo, iluso, solo me preocupaba de disfrazarme de payaso para dibujar sonrisas en ti. Solo quería oler cada molécula de tu cuerpo, rozar con mis manos tu piel para explotar tu capacidad de sentir, creer que el nosotros jamás podría contra el devenir de nuestras vidas. Y, ahora, en solitud, me queda el vacío de este amor que sigue ardiendo en este infierno de promesas incumplidas, sueños rotos y esperanzas llenas de espejismos. Ya lo sé, ahora ya no sé acostumbrarme de nuevo a los vagones apretados, al miedo permanente en túneles, a los colapsos, a la oscuridad. Me cuesta acercarme a la luz, a la gente y a las conversaciones entre almas. Algunos miedos los adoptamos de adultos, por incapacidad, quizás, de continuar siendo niños. Puede que ya me haya cansado del tránsito, de la velocidad, del peligro de caer, del recuerdo de caer, de los instantes en los que en mis ojos solo hay precipicio. Puede que me apetezca saborearme a mí entre placer y placer. 
Amar la vida es amar el temblor, las alas rotas con las que llegamos a nuevas tierras donde los inviernos son más amables y los veranos menos fugaces. Darnos tiempo para sanar heridas. Amar también el deseo de curar. Andar desde el que somos y no arrepentirse nunca de lo que nos ha hecho ser así. Atrevernos a temblar porque amar es la experiencia más fuerte que existe.
Dormir hasta que deje de doler. Sonreír a los desconocidos, leer hasta que las palabras se te salgan por los ojos, beber hasta que los recuerdos desfilen uno a uno delante de ti. Y te rías de ellos. Guardar el corazón en la nevera. Congelarte por dentro. Congelarlo todo.

Basta de esclavitud. No dejes que ella acabe contigo. Eres más grande que la tristeza. Más grande después del dolor. Más grande si te das la oportunidad de vivir.

Abrir los ojos, y seguir durmiendo.

Mírame. Sé que esperas mucho de mí. En mis ojos ya no hay precipicios ni muros. ¿Quieres hacer memoria? El poder de la imaginación es el motor para empezar a construir presentes que no le teman al futuro. Imaginar tanto por conocer de mí misma, tanto por descubrir, conocer, y sentirse estúpida si decido darle la espalda a todo aquello que está aún por llegar. Decido respetar y admirar a todo aquél que sigue atreviéndose a ver todo lo que se esconde bajo mi piel, en este mundo donde las necesidades priman en la mayoría de relaciones, en este mundo dónde los comodines del lenguaje nos impiden sentir y ver al otro más allá de todo lo que pueda aparentar. Decido abrir las ventanas y muros impuestos por mi mente, aniquilar las inseguridades que mi corazón ha construido, atreverme a vivir, porque sé que mejor sensación que esa nadie aún ha inventado. Y si la hay, será en el infierno, que tiñe de gris el milagro de cada despertar.
¿Cómo puedes amar tanto la vida? Me preguntas tú, que solo sabes vivir adicta al dolor, cuestionando lo desafortunada que es tu vida sin ni siquiera prestarle atención al color del cielo, al marrón que siempre se transforma en verde, al mar que después de mil oleajes es capaz de recuperar su calma, a todas las señales de la naturaleza habidas y por haber que te demuestran que cada día es una nueva oportunidad para ser. A veces, aunque parezca mentira, naufragas en el dolor y le coges tanto cariño, que te resulta una quimera pensar que puedas vivir sin él.
Oportunidades de escuchar, oler, saborear, sentirte, aprender, gritar, cantar, bailar, abrir el alma ante todo lo que te hace afortunado hoy y aquí. Oportunidades que siguen presentándose cada día ante ti.
Ha vuelto a ser un instante brevísimo, una centésima de segundo, un relámpago imposible de retener. Pero ha vuelto a ser, y es lo único que importa. Lo único. Sentir en el centro de ti mismo cómo puedes respirar la vida si sueltas el hilo que te arrastra de la pesadilla y que quizás llevas demasiado tiempo tatuado en la piel. O quizás no. Quizás se ha disuelto estos días en el mar, en medio de aquella tormenta, o lo ha matado el rayo que te cayó demasiado cerca. Quizás se ha hundido por siempre jamás.
Vivir sin el hilo se asemeja a querer reencontrar siempre el mar y desnudarte ante los horizontes aunque el agua esté turbia.
Ahora prometes recordarlo todo, la tormenta y la luz. Los amaneceres y los atardeceres. El dolor y la alegría. Que cada día puede empezar todo de nuevo, aunque no lo haya dicho ningún poeta.
Ha llegado la hora de hacer todo lo que quieras sentir. El mundo no necesita poetas. Necesita que hagas poesía con tu vida.
Cerrar los ojos, y soñar despierto.