No saber dejarte ir. Despedirme a destiempo, más con el inconsciente que con el consciente, sin darme cuenta, como uno más que no quiere aceptar el dolor de una pérdida. No lograr controlar los decibelios de mi rabia y gritar sin siquiera ser capaz de escucharme a mí mismo. Querer respirarte y sentirte por todas las capas de tu piel, dejarme absorber por tus ideas, impregnarme de tu amor, y descubrir que ya no estás, que ya te has ido, que ya es tarde, que me queda tu recuerdo y este legado que has dejado en mi vida. No querer aceptar la realidad. Negarme. Vendar mis ojos y anestesiar mi corazón hasta que me salga por la boca y me deje sin aliento.
Mudarme por dentro. Dormir hasta que deje de doler. Guardar el corazón en la nevera. Congelarte por dentro. Congelarlo todo. Sonreír a cualquier desconocido, leer hasta que las palabras se me salgan por los ojos, beber hasta que los recuerdos desfilen uno a uno delante de mí. Y me ría con ellos. Aferrarme al tiempo que no pasa cómo la única cura que puede sanar esta atroz realidad humana con la que no tengo otra opción que aprender a convivir.
Romperse. Contra la hipocresía. Contra los tópicos. Contra la vulgaridad. Contra la superficialidad. Contra el hedonismo. Contra el mundo, contra las mentiras disfrazadas de verdad.
Siempre contigo. Siempre a favor de ti, y de tu única verdad. Una verdad que te has llevado contigo, a la que jamás nadie renunciará: tú eres la persona más importante de tu vida.
Él, ella, ellos, todos los que ya no están con nosotros hoy te ven alzando la copa y brindando por nuestra felicidad. Por la vida.
La nuestra, vale un imperio.