Hay historias que se te quedan pegadas a la piel como la marca de una salpicadura absurda de agua hirviente, como la canción de niñez que consigue arrancar de tus entrañas, como un manotazo injusto. Para bien o para mal, han venido para quedarse, para habitarte la mente y el cuerpo hasta el último día que conserves la memoria.
¿Qué hay de la satisfacción de la fidelidad contigo mismo? ¿Dónde se ha
escondido? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Ser quién eres. Haberte
atrevido un buen día a no esconderte. A no morderte la lengua cuando te
saldría, espontáneo, el nombre de ella, el nombre de él, la esencia de
lo que te dignifica y avergüenza. A saber irte con la consciencia
tranquila y dejarlo ahí. De ir aprendiendo, con los años, a amar,
simplemente, sin etiquetas. De tener el valor para hacer caso de lo que
sientes, no de lo que dicen que tendrías que sentir, el valor de hacer
caso a lo que piensas, no de lo que deberías pensar. De bailar, si
quieres, encima de una carroza. De no bailar, si no quieres. De buscar
la piel y el alma que vibran en la misma frecuencia que la tuya, ella,
él, ni una cosa ni la otra, la persona que te sabes capaz de amar hasta
el fin de los tiempos. Orgulloso de ti, orgulloso contigo, y de tu
capacidad para expandirte.
Tiempos de quererse poco, y exigir que nos quieran mucho. Tiempos de vacíos irremplazables y muros infranqueables. Tiempos de supervivencia.
Vivir olvidando.
Tiempos de quererse poco, y exigir que nos quieran mucho. Tiempos de vacíos irremplazables y muros infranqueables. Tiempos de supervivencia.
Vivir olvidando.