Que no te engañes, que querer es desear, que necesitar es poseer y que amar solo se aprende habiendo fracasado mucho en los intentos. Que en todos esos intentos hay la esencia de lo que eres hoy, de lo que el futuro sigue esperando de ti, de lo que el pasado no quiere que llegues a ser, como esas hojas que en otoño se resignan a caer.
¿Qué esperas de ti? Aún hay días que no has aprendido a convivir con el frío de tu piel, el escalofrío de tu mente y todas esas primaveras dispuestas a florecer. Harías del tiempo hielo para ser capaz de sentirte orgulloso de cada uno de tus fracasos. Y te resignas a escuchar ese maldito tópico que hay que soñar mucho, cuando en realidad desesperas para que esa realidad supere los sueños habidos y por haber.
¿Qué esperas de mí? A veces la vida nos enseña a perderlo todo para poder sanar nuestra mente y recuperar nuestra esencia, para aprender que lo que has perdido es finito, que el infinito se esconde en todo lo que aún está por ganar. Una vida repleta de estaciones emocionales a destiempo.
¿Qué esperas de mis elogios? Cuando la mayor satisfacción, que puedas imaginar, nace cuando llega alguien capaz de conocer y acariciar esa larga lista infinita de imperfecciones y, no obstante, sin ningún pesar, decide quedarse allí, a tu lado, como uno de esos silencios que tienen más valor que todas las palabras que pueda escribir.
Cualquier vacío solo abre sus puertas cuando tú te dispones a dejar aflorar toda, absolutamente toda, capacidad de sentir.
Vaciarse por dentro. Saltar el abismo. Amar la vida, y punto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario