Llegaste despacito, sin prisas, sin ruido. Fue pasando poco
a poco y yo no lo quería aceptar. Me habían hecho daño muchas veces y otras
tantas me había jurado que no me volvería a pasar, que no volvería a
enamorarme. Te fui conociendo y me negaba a aceptar que ibas entrando en
mi vida. Al principio no quería que pasase pero me rendí sabiendo que no podía
luchar contra aquella preciosa sonrisa. Inundaste mi vida haciendo que llegase
a ocupar cada segundo de mi tiempo pensando en ti. Los días pasaban y ya no
solo me gustabas, te quería. No sé ni cómo ni por qué solo sé que me di cuenta
de que no podía vivir sin ti. Teníamos nuestras riñas y peleas pero todo era
perfecto, no era el típico cuento de hadas, era algo sencillo y original.
Tuvimos nuestros altibajos pero en ningún momento dejé de quererte y de sentir
ese algo tan especial que solo siento cuando te tengo a mi lado. Dolió, lo
reconozco y quizás fui tonta, también lo reconozco; pero en cualquier caso
habría dolido mucho más perderte. Los días han pasado y en todo este
tiempo no ha habido ni una sola mañana en la que no me haya levantado pensando
en que te voy a ver, en que te quiero o simplemente en ti. Mucha gente no lo
entiende y preguntan qué si no me canso. Esa pregunta solo tiene una respuesta:
¿te cansas tú de respirar? Claro que no, para mi estar contigo es algo casi tan
necesario como respirar, no es algo que yo haya elegido, te quiero porque sí,
porque te quiero y punto. Las mariposas en el estómago que siento cada vez que
te veo no tienen ninguna explicación ni lógica ni química y es que sigo
enamorada de ti. Posiblemente no como al principio, pero si más, mucho
más. Por todo esto y por más de lo que se puede explicar, quiero pasar
más tiempo contigo; porque lo necesito; porque somos como el sol y la luna, por
separado no hacen nada, pero juntos crean bellísimos amaneceres y atardeceres;
porque eres especial y eres todo lo que quiero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario